Peñalosa y su estrategia sacada de Los Simpson: pintar casas en barrios populares... y ya
La ciudad ideal de Peñalosa es una utopía antiséptica. Como si Bogotá fuera un cuerpo enfermo y Peñalosa fuera el médico encargado de rehabilitarlo, el alcalde se ha esforzado en señalar, localizar y erradicar la presunta sepsis (esos microorganismos capaces de producir putrefacción sobre la materia viva) del espacio público. Una sepsis que, en su imaginación urbanística, ha sido metáfora para un indistinto conjunto de cosas: afiches en postes, grafitis y fachadas sucias. Todos iguales, todos focos infecciosos para la salud de la ciudad que imagina: un cuerpo esbelto, sin granos ni estrías, sin ojeras ni mugre debajo de las uñas.
Pero, en vez de un ejercicio de sanación, la de Peñalosa ha sido más bien una mediocre labor de cirugía plástica.
Como quien aplica polvos sobre el acné o usa camisas manga larga para disimular las cicatrices debajo de los brazos, la Alcaldía está liderando —de nuevo— un proyecto para pintar de colores las fachadas de miles de casas en barrios periféricos de Bogotá.

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